sábado, 4 de junio de 2016

UNA ACTIVIDAD SOCIAL: THE PARTY

¿Alguna vez has contado un chiste, y nadie, nadie digo, se ha reído? A mí me ha ocurrido. Contar un chiste es algo muy, muy serio. Y hay que tener talento para ello.

Pues igual ocurre con una fiesta. Organizar una fiesta, una buena fiesta, requiere calma y sosiego.

Pero también arte y buen gusto, qué caramba.

 

La reunión que veis en este fantástico dibujo, es un ideal. En esta iconografía se resumen la música, la gente, situaciones, y, por supuesto, algunas de  las películas que describen las fiestas, que muchos de nosotros depositamos en nuestro imaginario. El autor de esta obra se llama Shag, pseudónimo artístico de Josh Agle. Un artista afincado en Palm Spring, California, del cual yo me considero acérrimo apóstol, y proselitista de su obra.

En mi casa cuelgan varias de sus pinturas, cada una de las cuales posee un color dominante: ésta en azules, otra con gama de rojos, ésa en verdes, y en aquélla los violetas. Cada una, cada pintura, es la promesa de los buenos momentos habidos, o que están por llegar.

Todos los años, sistemáticamente, organizo un par de fiestas en mi casa en pos de ese anhelo. Una, la fiesta Reyes, el siete de enero; y la otra por verano, cuando mi cumpleaños. Entre los invitados procuro siempre haya músicos que nos amenicen la velada. El grupo de amigos no debe ser escaso, pero tampoco excesivo; en perfecto balance. La bebida, variada y sin fin. Y en cada reunión la banda sonora ha de estar previa y cuidadosamente preparada. Serena al principio, en forma de coctel jazz (al estilo de Art Blakey o de Kenny Drew), también algo de electro bossanova (como Zuco 103 o Bebel Gilberto)…

Hasta que llega esa amiga de labios rojos que acaba de romper con el novio, y en vez de por una copa de vino, te pregunta que dónde está el vodka… Pues vale, ahí empieza la fiesta.


Las reuniones de Shag se sitúan en esas casas de los 50’ y 60’ que tantas veces hemos visto en el cine. ¿Recuerdas Con la Muerte en los Talones (North By Northwest), de Hitchcock? La escena final, en la casa en la que Eva Marie Sants trata de hacerse pasar por una de los malos: paredes pétreas, cristaleras enormes, sofás, chimeneas.

Simon & Garfunkel , en su álbum final, Bridge Over Troubled Water, cantan al arquitecto Frank Lloyd Wright, aquel que diseñó y construyó la casa de la cascada en el bosque, por cuyo interior trascurre un arroyo.

Y qué hay de aquella mansión, en la desternillante película de Blake Edwards: The Party (aquí en España conocida como El Guateque), con Peter Sellers interpretando a un patoso actor hindú que, por error, ¡trágico error! es invitado a una fiesta de la alta sociedad hollywoodiense.


Por cierto, de esta película, la banda sonora es para soltar todo y salir corriendo a comprarla. Toda ella esta compuesta por Henry Mancini, y cabe disfrutarla con las diferentes versiones del tema principal, The Party. O con esa preciosa canción, que, con una guitarra española en sus brazos, la actriz Claudine Longet, tímidamente, canta a los invitados (mientras Peter Sellers se retuerce como un niño, intentando aguantar sus terribles ganas de orinar). Estoy hablando de Nothing To Lose. Tanto la canción como la interpretación son una maravilla. Pero cuidado, en algunas ediciones de esta banda sonora no aparece el tema cantado por Claudine, sino otros dos cortes de a lo largo de la película.

Me voy a permitir el capricho de “linkear” la revisión que Wild Honey hizo de este tema; merece la pena que lo escuches (no son Mancini y Claudine, pero Guillermo y Anita lo interpretan fenomenal):


Puedes escuchar Nothing To Lose, por Wild Honey, en este Link:

Las pantallas del cine, o ahora las de la televisión, nos recuerdan que somos animales sociales que por doquier requieren juntarse y hacer fiestas. Que va en nuestros genes, vamos.

Si no, qué me decís del espectacular comienzo de la quinta temporada de Mad Men, cuando la novia de Don Draper, va, y por el cumpleaños de Don le prepara una fiesta sorpresa en su ático neoyorkino, (allí están todos los capullos de la oficina). Entonces, ella, haciéndose acompañar por una banda contratada para la fiesta, interpreta…


Si no has visto la serie, o acaso no recuerdas la escena de la que te hablo, te invito a ver el Zou Bisou Bisou pinchando aquí:


On l'en-tend part-out!

La escena final es hilarante: <<¿Y por qué tú no cantas como ella?>> <<¿Y tú por qué no eres tan guapo?>>.

Por cierto. La canción en cuestión, es original de una francesita ye-ye de los 60’, llamada Gillian Hills


Discurren las horas, las bebidas se apuran; y a la música ligera, se la comienza a no prestar atención. Una copa se vino se ha derramado sobre la tabla de surf, una 7’2’’ que se me había ocurrido habilitar como mesa supletoria para botellas. Los invitados más formales te agradecen la velada, y mentan eso de que ya son horas de volver a casa. Un beso, un apretón de manos, y hasta otra.

Nos quedamos, claro, los de siempre, los bandarras. Y la fiesta, como ocurre en todas ellas, va degenerando poco a poco. Cambia el tipo de música y se sube el volumen de las canciones. ¿Vecinos? ¿Qué vecinos? A la porra los vecinos. La compostura y buenas maneras han quedado suspendidas en algún lugar, entre el último vaso de whisky y el olvido.


Un clásico en nuestras reuniones es cuando mi amigo Peter entona su particular vocalización del One de U2. La resaca, al día siguiente, está asegurada. Lo peor de todo, es que siempre aparecen pruebas delatoras, para vergüenza y oprobio de los presentes, en forma de fotografías, videos, o incluso grabaciones sonoras. Pero lo dicho: el ser humano es un animal social, y requiere juntarse y divertirse. Porque con ello, qué demonios, somos un poco más felices.


Pequeños grandes placeres. A lo largo del día, allá donde quiera que me encuentre, voy siendo consciente de determinados actos que son semilla de una grata sensación. Son "pequeños grandes placeres" que, en su conjunto, pueden llegar a consti­tuir un "verdadero gran placer".

 ¿Soy acaso un hedonista? Eso dependerá del concepto que cada cual tengamos del placer. No me considero un discípulo de Aristipo de Cirenes, quien veía en el placer el bien supremo y objetivo de toda moral; pero sí lo valoro como un apoyo más en la escalada hacia la felicidad. A diferencia de la opinión general, yo no relego el vocablo "placer" a ideas tales como: sexo, vegetar o libertinaje, pues el "arte del goce" puede hallarse, incluso con mayor intensidad, en cosas aparentemente insípidas y cotidia­nas: tomarme una segunda taza de café, aquí otra vez, mientras observo el mar a través del ventanal (deci­didamente: soy cafeinómano); o la grata lectura de un libro al tiempo que escucho el correr de las notas de un piano. ¡Tantas cosas a las que sacar jugo! La clave consiste en ser conscien­te de esos instantes para, en el momento o con posterioridad, recrearse con ellos. Recuerdo que de pequeño, disfrutaba más ante la expectativa de entrar al cine que con la película instantes después; también estar postrado ante un regalo empaquetado y guardarme, durante escasos pero interminables segundos, de destrozar el envoltorio y desvelar su contenido.

No me cabe ninguna duda de que el verdadero secreto en el "arte de gozar" no es otro... que el deseo. Y es que no impor­ta el motivo del placer en si, sino la impaciencia que genera.

De niño también, tras dejar la bicicleta y, muerto de sed, ir a por un vaso de agua, no lo bebía de inmediato, sino que me quedaba con él en la mano: contemplándolo, mientras las acuciantes ganas de saciar mi sequedad iban aumentando hasta hacerse irresistibles. Entonces, lentamente iba aproximando el vaso a mis labios, permitiendo sólo que éstos se mojaran. Y, finalmente, bebía. Aseguro que nunca me supo mejor un simple vaso de agua.

E igual ocurre con un beso.

El placer del beso no está en darlo, tanto como en desear­lo.

  
Es obligado que me acuda a la memoria lo acontecido hace varios años, cuando todavía estábamos todos juntos, allí en Madrid, en el internado. Además, cómo iba a olvidarlo, siendo en aquella ocasión cuando conocí a la primera chica de la que tal vez pude realmente enamorarme.

Era viernes, y René se nos acercó acabada la última clase, armado con su siempre-eterna sonrisa.

 -. Amigos... -- nos dice, tomándonos a Míkel y a mí por los hombros --, ya tenemos fiesta para esta tarde.

 -. ¡Estupendo! --- exclama Art --. Nada como una buena juerga después de la semana de exámenes que llevamos. Pero, ¿quién es el idiota que ofrece su casa esta vez? por­que...

Porque la anterior reunión acabó como el rosario de la Aurora. Juntáronse allí más de medio centenar de personas, entre invitados y auto-convidados; y claro, la fiesta acabó como es habitual que finalicen todas ellas: a guantazo limpio. En consecuencia: muebles dañados, alfombras echadas a perder por la bebida derramada... en fin, toda una serie de calamidades con las que hubo de cargar aquel pardillo que montó la gran juerga en su propia casa. <<La última vez>>, se lamentaba después, sin molestarse lo más mínimo en contener las lágrimas, <<¡Mis padres me matan!>>. Por cierto, que yo también salí escaldado, pues, aunque permanecí como mero espectador de la trifulca, acabé recibiendo un botella­zo junto a mi ceja izquierda, lo que me produjo una pequeña pero san­grante brecha (que incrementaría las manchas de la alfombra). Ahí finalizó esa fiesta para mí.

 -. El primo de Gerardo ha tomado las llaves del despacho de su padre. Está de vacaciones. Pero ya nos han advertido: sólo conocidos suyos y nada de escándalos -- responde René, hacien­do un significativo gesto a Míkel. -- Y eso último va por ti, bala perdida.

Resultó que lo que en un principio se nos prometía como "la fiesta de todos los tiempos", no llegaba a más que a una tertulia victoriana: discreto el volumen de la música, relaja­do el tono de las conversaciones, poca concurrencia y muchas caras desconocidas, que, para colmo, se guarda­ban en reducidos y aislados corros. Cierto que la casa, situada en una señorial calle madrileña, no desentonaba con las estiradas poses de que hacían gala unos y otros. A pesar de habilitarse como despa­cho, resultaba una vivienda espaciosa y minuciosamente decora­da, hablando por si sola del clasicismo y buen gusto del tío de Gerardo. Quiero decir que para haberme fijado en tales detalles, debía, sin duda, estar empezando a aburrirme. Art, intencionadamente, bosteza; Míkel, desespera; René agarra una botella y comienza a llenar cuatro vasos largos.

Desisto seguir describiendo una situación tan carente de interés, tal y como lo era aquella reunión en esos precisos instantes, en los cuales abundaban los diálogos triviales, algunos cumplidos y sonrisas un tanto forzadas, hasta que... (primera copa): se elevan tanto el volumen de la música como el de las voces; los grupos se diseminan y se comienza a hablar de cualquier cosa con cualquier desconocido. (Segunda copa): primeras risas espontáneas. Significativo es, como a medida que se apuran las primeras bebidas, la digna compostura inicial se abandona en el perchero, junto al abrigo, y se destapa la naturalidad; he incluso, tras la segunda copa, el destape de la naturalidad da paso a un nudismo íntegro de nuestra persona­lidad. Se nos podría tachar de crápulas, pero ¡qué diablos! habíamos acabado los exámenes y lo único que nos apetecía aquella tarde era pasarlo bien. No debe sorprender pues, que aquellos quienes momentos antes, con afectación, discutían sobre "la flotación y estabilidad de la Libra Esterlina en el enclave europeo", sean los mismos que ahora comparten postura ante la "estabilidad y dinámica" del generoso y desvelador escote con que nos obsequiaba una tal Isabel.

En lo que a nosotros se refiere, también cedemos a la transfiguración, por lo que René hace rato que se esfumó con la peripuesta Isabel; Míkel y Arturo, sentados en el suelo con otras dos, ríen. Yo padezco de peor fortuna, pues se me cuelga un pelmazo que no cesa de aburrirme con su absurdo monólogo: <<..."oséase", que si tenemos en cuenta las horas-día y tam­bién los días-año que, por añadido, son las horas-año de luz solar en nuestro país... ¿qué iba diciendo?... ¡ah, sí! no cabría duda, y eso te lo digo yo, no cabría duda de la renta­bilidad asegurada a corto o tal vez medio plazo, invirtiendo en una serie de macroinstalaciones...>>. Una parrafada pastosa a la que yo respondía un mecánico <<sí, claro>>, a la vez que giraba la cabeza en busca de algún amigo o conocido que me asistiera y liberara. Pero nada. Y este tío erre que erre: <<...llegado el momento de no depender del petróleo y, por tanto, desligarnos de terceros países, "oséase"...>>.

Aburrido, apuro mi copa.


Ya fuera por la acuciante necesidad de desembarazarme de mi contertulio, o también (he de reconocerlo), por la desinhibi­ción que el whisky me generara, ocurrió lo que ocurrió.

 -. ...inherentes a la dificultad de almacenaje de los desechos radiacti­vos, por lo que es urgente y necesario ha­llar...

 -. Me vas a disculpar -- interrumpo -- pero es que justo en estos momentos acaba de llegar mi novia. "Encantado" de haber charlado contigo. -- Y tras lo dicho, le atizo una amistosa palmada en la espalda que le hace derramar la bebida sobre si.

 <<"Oséase", que ahí te quedas>> pensé irónicamente, mientras me alejaba de él , y me dirigía con paso decidido hacia la mesa de las bebidas; junto a ésta permanecía de pie una guapísima morena, a quien desde hacía tiempo contemplaba. Y una vez a su lado, la tomé por los hombros y, sin mediar palabra alguna, la besé.

Tras el beso, que no fue ni largo ni corto, ambos nos quedamos mirando; ella con los ojos abiertos como platos; yo en firme, esperando no sé si un grito, una bofetada, o tal vez que un gigantón surgiera a mi espalda y me aplastara el cráneo entonando un ¡qué haces con mi novia!. Pero nada de eso ocu­rrió. Sólo un terrible silencio. Tuve la sensación de que hasta la música y las conversaciones se interrumpieron.

 -. Esto... lo siento, -- dije finalmente, en la cúspide de la tensión -- me estaba aburriendo.

 Y ella, rompió a reír.

Quiero hacer hincapié en que este beso no supuso placer alguno, dado que el deseo no medio en ningún momento, sino que se originó como consecuencia de una situación disparatada y de la más absoluta espontaneidad. De haberlo pensado un instante, seguro que jamás me hubiera atrevido a tal cosa.

De todas formas, este beso, fue una batalla ganada, pues, para empezar, cambié el monólogo de mi anterior compañía por el diálogo con una nueva, que además, es indudable, resultó infinitamente más agradable y atractiva. Me dijo su nombre. Me contó que venía de Venezuela y que nunca hubiera imaginado "tan calurosa bienvenida" por parte de los españoles. Me habló de su país: de los llanos inundados, de selvas impenetrables, de sus hermosos pueblos y caóticas ciudades. Me relató las peripecias sufridas en su viaje a España, para visitar a la familia de su padre; y de los contratiempos que sufrieron cuando, nada más despegar, hubo de aterrizar el avión debido a "unos pequeños problemas mecánicos", (se incendió un motor). Yo también comente sobre... qué sé yo, pero sin duda que no tan interesante. Si bien por aquel entonces no era consciente de ello, en aquellos momentos se estaba dando uno de esos "pequeños grandes placeres" ya mencionados: el placer de una conversación.

 

El tiempo fluyó ligero, pues sólo nos abate con su carga en  los malos momentos; así pues, sin darnos cuenta, la reunión se había ido disolviendo y apenas quedaríamos una decena de personas. Rato hacía que me despedí con un lejano y distraído alzamiento de manos tanto de Art como de Míkel, (René desapa­reció sin más); y las estridentes canciones de Los Nikis habían dado paso a la más absoluta insonoridad, en clara alusión a que, los que aún quedábamos, tuviéramos a bien en marcharnos. Fuimos a por los abrigos. Anduvimos en silencio a través de un estrecho y largo pasillo, donde cada paso resona­ba en el entarimado. Entonces, ella, con premeditada coquete­ría, se apoyó en la pared y me dijo: <<Y ahora, ¿serías capaz de pedir prestado aquello que robaste?>>.

De insospechadas maneras nos comportamos en los momentos culmes; de lo contrario, todos viviríamos esclavos de los patrones establecidos. Y lo que en estos momentos hubiera sido menester: besarla de nuevo, "devolviendo lo usurpado", habría sido también ceñirse a la trivialidad y, en consecuencia, la escena no podría ser recordada de forma especial. Quisiera pensar que me vi impulsado por un halo de inspiración, más que por una remanente desinhi­bición etílica. El caso es que tras levantar durante algunos segundos la cabeza hacia (el cielo) el techo... comencé a recitar el mayor cúmulo de tonterías que jamás han salido de mis labios. De ningún modo pretendí la poesía, pues no la entiendo, no me gusta; mas aquella noche ella me quiso a mí. Pretender narrar ahora lo que ahí dijera, sería toda una muestra de mal gusto por mi parte; así que sólo decir que finalicé diciendo algo sobre el deseo pintado de carmesí, del rojo preámbulo de un beso, y de mí, avocado a arder en unos labios... en el fuego de su carmín... y que en ese justo momento, posé muy suavemente las yemas de mis dedos sobre su boca.

 <<He aquí el placer>>, me dije entonces y repito ahora.

 Y es que, qué grata sensación la de aquel instante, compar­tida por ambos, donde el beso, estoy seguro, no daba a lugar. De haber cedido a posar mis labios en vez de mis dedos, todo lo anterior pudiera entonces no ser otra cosa que un simple cortejo; y no habría logrado ser consciente de cuan importante es desear. Sería como abrir el regalo nada más recibirlo; beber y saciar mi sed apenas llenado el vaso. Besarla.

 -. Mmh... Socio honorífico del club de los cirenaicos -- susurro, despertando de los recuerdos.

 Desciendo los tres escalones que me dejan en el bajo "Yang" del salón y abandono la taza de café sobre la mesa de mármol verde y blanco que conforma el ajedrez. <<Jaque a la dama>>; nos vimos en posteriores días, pero la escena no se repitió (nunca segundas partes fueron buenas). Después, ella, volvió a Venezuela. Yo retorné a mis amigos.


domingo, 22 de mayo de 2016


UN ANIVERSARO: 50 años del PET SOUNDS
 
Cuándo llegue el momento, porque, qué caramba, a todos nos llega, ¿qué te llevarás contigo? ¿Lo has pensado? Lamentablemente nada material, así que las tablas de surf se me quedan aquí (mierda…). Entonces, tal vez, pudiera ser algo intangible…

 <<…se recuerda a los señores pasajeros, que en este tren, con destino a El Cielo, sólo está permitido un recuerdo por viajero; disculpen las molestias, graciasss…?

Caaaagonlaputa… Difícil nos lo ponen ¿no? ¿Qué recuerdo eliges? ¿el de tu familia? ¿el de las chicas? ¿tus amigos? ¿el de tu perro? ...

A la porra. ¡Me llevo el Pet Sounds!

 
 <<…lo siento caballero, nada material; son las normassss…>>.

Ja! Lo que no sabe este arcángel de pacotilla, es que este disco lo tengo memorizado nota a nota, instrumento a instrumento... Bueno, no tanto. Pero casi.

El otro día, sentados en un autobús, dejé el i-pod a mi guapa acompañante. Ella, gentilmente, me ofreció uno de los auriculares, que yo rehusé. No te preocupes, la dije, ya estoy escuchando la canción dentro de mi cabeza. Y era verdad, no mentía ni exageraba. Me puede costar retener las cosas, pero no la música. Cosas que pasan.

De lo primero que aprendí a hacer, al tiempo que a andar, fue a poner los discos que había por mi casa. Mi favorito, por ese entonces, era el single de una canción italiana que, para que os hagáis una idea, sonaba tan animada como el O-Bla-Di de los Beatles. En casa, decía, había una buena colección de discos, pues a mi madre y a sus hermanas, siendo jóvenes, se los traían desde Estados Unidos. Por tanto mis oídos se habituaron pronto al Little Sister de Elvis, al Sleep Walk de Santo & Johnny, o al Sandy de Dion.

Pero un día, apenas daba mis primeros pasos, me impactó la imagen que vi en la televisión en blanco y negro que había en el salón. Primero sonaron unos timbales que retumbaban: pam-pam pa-paaaaammmm; y otra vez: pam-pam pa-paaaaammmm, mientras que un hombre subido a una tabla de madera se deslizaba por una ola gigantesca. No lo sabía, pero estaba comenzando un nuevo capítulo de la serie Hawaii 5-0. Me encandiló esa música, junto con la imagen del surfista bajando a toda velocidad por una enorme ola. Y lo mejor de todo, pues no era capaz de entender aquella magia,  es que al día siguiente se repetía la misma secuencia en pantalla de la televisión.

Sin embargo, no fue hasta mi adolescencia cuando presté más atención al rock & roll. Por aquellos años, las ondas de la radio y los gustos juveniles estaban copados por los sintetizadores y los ritmos repetitivos y espasmódicos de la new wave. Uno de aquellos fines de semana, una chica con la que había salido a una fiesta, pero que ni de lejos llegué a probar sus labios, me prestó un disco doble que resultó ser una recopilación de los Beach Boys. Recuerdo su rostro, el de la chica, pero no su nombre; ya he comentado que mi memoria es de pez, excepto para los acordes musicales. Era alta. Y tenía, eso sí lo recuerdo, un lunar en la cara. Iba a un colegio exclusivamente para chicas. Yo, a uno sólo de chicos. Pero el disco que me prestó, quedó indeleble en mi memoria para siempre: Los Beach Boys, titulaba, 20 Golden Greats. Y en la portada, como no, el dibujo de un surfista.


Lógicamente, de aquella recopilación, enseguida me llamaron la atención canciones tan deslumbrantes como I Get Arround (qué subidón de adrenalina; jamás, hasta ese momento había escuchado cantar de aquella manera), o Fun, Fun, Fun (que, lo que son las cosas, me pareció muy heavy). Al segundo disco, con canciones más viejunas y lentas, más armoniosas, no le presté demasiada atención en ese momento, sea dicha la verdad.

Así que poco a poco comencé a aficionarme por aquella música de los 60’, y a recuperar los singles americanos de mi madre. ¡Tremendos! Estaban por ahí nada menos el Love Me Do de los Beatles, otro de rock&roll de la Rusia Soviética, o el Surf City de Jan & Dean…

Entonces ocurrió que cuando pretendí hacerme con algún vinilo de los Beach Boys en las tiendas… ¿Serà posible?, no había nada. ¡Nada! Todo descatalogado, y nada más que la recopilación aquella. Lo único que me ofrecieron fue un disco con una portada muy rara: en vez de tablas de surf y frases veraniegas, aparecía el grupo dando de comer a unas cabras (eso prometía poco), y cuando di la vuelta a la carpeta y eche un ojo a las canciones, no me sonaban de nada. Vocablos como summer, sand, beach, sun o surfin’, no aparecían por ningún sitio. ¿You Still Believe In Me? ¿Let’s Go Away For Awhile? ¿I Just Wasn’t Made For This Times? ¿Y esto qué es?

 

Y como no había otra cosa, me lo compré.

Era el vinilo del Pet Sounds, que se había editado en España bajo la serie Fama.

Cuando llegué a casa, lo planté en el tocadiscos, y… ¡Vaya chasco! Qué raro. Qué lento. Eso no eran los Beach Boys que yo conocía.

Tras tantearlo pasando la aguja de una canción a otra, acabé por pincharlo desde el principio, y me tumbé en la cama a escucharlo completo. Dejé que las canciones sonaran una detrás de otras. Y al acabar, vaya, no entendía cómo, y no me avergüenza reconocerlo ahora: tenía los ojos humedecidos por las lágrimas. Con el tiempo, pude leer diversos libros y entrevistas, en los que se menta como mucha gente reaccionó de forma parecida a la mía, al escuchar este disco por primera vez. Fue el influjo de la música. Son las letras de las canciones. Es el conjunto de todo.

Me aficioné a escuchar el Pet Sounds. Poco a poco, al principio; después, obsesivamente casi a diario. Me lo grabé en una cinta para el Walk-man, y viajaba escuchando las canciones una y otra vez. A cada escucha, me percataba de algo nuevo: una flauta, una frase en el fondo, el sonido del bajo imitando el sonido del corazón…

Puse el disco a mis amigos de entonces, o se lo dejaba a las chicas que conocía. Pero a nadie entusiasmó excepto a mi. Es curioso, pero por regla, a quienes acaba gustando el Pet Sounds, o son músicos, o son unos melómanos empedernidos.


 
Hubieron de pasar algunos años hasta que llegara el CD. Se reeditaron por fin todos los discos de Capitol. Me los compré antes incluso que el reproductor, tal era mi ansia, pues, además, cada pareja de discos venía acompañado por unos libritos estupendos, comentando todas y cada una de las canciones. Por las noches, sentado en la cama, imaginaba como sonarían cada una de aquellas, tal era mi ilusión. Mas, cuando por fin las escuché, woh! superaron con creces mis expectativas. La cara B del Beach Boys Today! por ejemplo, fue un shock. Jamás imaginé progresiones armónicas como la de She Knows Me Too Well.

Entre esos CD’s que compré, uno fue el titulado Stack O’ Tracks, originalmente de 1968. Éste era un disco de grandes éxitos, pero con la peculiaridad de ser puramente instrumental. Un karaoke, vamos, pues el vinilo original venía acompañado por letras, partituras y acordes de guitarra para que te divirtieras. El caso es que con este disco pude escuchar por primera vez God Only Knows sin voz alguna; sólo la música. Y eso fue como descubrir las entrañas del cuerpo humano, en la era en que la cirujía estaba prohibida. Todo un descubrimiento.

Años más tarde, publicarían la caja del 30 aniversario de los Beach Boys, la cual contenía un disco de rarezas, y varios minutos con las sesiones de estudio de esa canción. Eso sí que fue una lección de bioquímica y genética. Lo que pude aprender escuchando aquello.

Y ya, cuando por fin editaron la caja exclusiva con las sesiones del Pet Sounds, cuando el 40’ aniversario del disco…

 

El pasado lunes 15 de mayo de 2016, se cumplieron cincuenta años de la edición del Pet Sounds.

Por ese motivo, Radio 3 preparó un homenaje en toda regla. En primer lugar se las arregló para que diversos grupos indie españoles grabaran, cada uno, una canción del disco. Y después, como si esto no fuera suficiente, ese mismo día 15, en el patio del museo Reina Sofía, estos músicos interpretaron el Pet Sounds completo, de pe a pa.

¿Puede idearse una mejor conmemoración? Bueno, sí; pero aparte de la gira que el mismo Brian Wilson está realizando estos días, esta otra me ha parecido una idea genial.

Pero ahí no queda la cosa.

Durante años, me he dedicado a coleccionar covers de las canciones del Pet Sounds. Es difícil hallar alguna que verdaderamente merezca la pena. Interpretar una versión, bajo mi particular parecer, no debe limitarse a emular el original. Valoro mucho a quien es capaz de dar una nueva perspectiva a una obra. Como el pintor abstracto que replasma a las meninas de Velázquez con rostros cubistas.

Pues bien, la selección que ha realizado Ángel Carmona para el programa Hoy Empieza Todo, de Radio 3, es soberbia; ¡fantástica!

Y para que podáis comprobarlo por vosotros mismos, qué mejor que ofreceros los links de algunas de estas canciones. Qué las disfrutéis; yo me lo he pasado bomba esta semana, escuchándolo, y eligiendo las ilustraciones para cada canción.

1.        Mazoni - Wouldn't it be nice

 
Puedes escuchar Wouldn’t It be Nice en este link:

Sé que voy a hacer este fin de semana: coger la guitarra y sacarme esta versión acústica.

2.       Salto - You still believe in me

 
Puedes escuchar You Still Believe In Me en este link:

Es una version imperfecta en su ejecución, pero con encanto, tanto por las voces, como por la manera en que marcan los acentos al final de cada compás.

3.       Smile - That's not me

 
Puedes escucha That’s Not Me en este link:

¡Pedazo de versión!  Sí señor . Frescura y alegría. Smile aborda la canción como si del Party! se tratara. (Party! Es el disco previo al Pet Sounds, donde los Beach Boys cantan un monton de canciones suyas o de otros artistas en una supusta fiesta casera con los amigos).

4.       Aries – Don’t Talk
  
Puedes escuchar Don't Talk en este link:

Aries toma la propia instrumentación de la canción que aparece en The Pet Sonunds Sessions, e introduce unas suaves distorsiones. A continuación, con una voz aterciopelada se lanza a cantar la canción ¡en español! Reconozco la dificultad para que las letras cuajen como en la original. Lo normal es fracasar y destrozar el tema. Pero Aries lo consigue; y como resultado tenemos una canción preciosa, que no desmerece un ápice a la original.

5.       Wild Honey - I'm waiting for the day


 
Puedes escuchar I'm waiting for the day en este link:

Guillermo Farré se lleva esta canción a su terreno, y suena claramente a Wild Honey. Es una delicia escuchar esta versión una y otra vez. La canción en si, de siempre ha sido y es mi favorita del Pet Sounds; por eso nunca he sido condescendiente con las versionas que se hicieran de ella. Sin embargo, en este caso he de capitular.

<<… I kissed your lips, and when you…
<<… I know you cried, and you felt bluuuue,…
<<… I waitin’ for the day, when you can love again…

6.        Pájaro - Let's go away for awhile
 

Puedes escuchar Let’s Go Away For Awile en este link:

Muy decente interpretación. Esta no creo intentarla este fin de semana, pues los arpegios de estos acordes me dan pereza (excusa perfecta para decir, sencillamente, que no alcanzo a ellos).

La canción original, que fue cara B del single Good Vibrations, es una de las más sofisticadas y bellas del álbum.

7.       Triángulo de Amor Bizarro - Sloop John B
 
Puedes escuchar Sloop John B en este link:

Divertidísima. Triángulo de Amor Bizarro canta esta canción ¡nada menos que en gallego! ¡Buenísima! No paro de ponérmela una y otra vez. Si este verano me doy una vuelta por Vigo, Bueu, y O Grove, no dejaré de ponerla en el coche a todo volumen.


    8.       Club Del Río - God Only Knows

 
Puedes escuchar God Only Knows en este link:

Es complicado. Afrontar una nueva versión de God Only knows, reconozco que es complicado. Primero porque artistas que lo han interpretado haylos... a patadas. Y, en todos los casos, es una decepción. Y no por culpa del cantante, del productor, o de la banda que pretende reinterpretarla. Es sólo que es imposible alcanzar la perfección de la grabación de Brian Wilson, sencillamente.

El único cover que realmente me ha llegado a impresionar, fue el de Elvis Costello, con una interpretación en directo que ponía la piel de gallina.

En cuanto a la grabación de Club del Río, han sido inteligentes, y han hecho una toma desenfadada, que me recuerda a los finales de fiesta en mi casa a las siete de la madrugada. Me gusta.
 
   9.       Sidonie - I Know There's An Answer
 
 Puedes escucha I Know There’s An Answer en este link:

Ole, ole y ole. En cuanto oí los primeros segundos de esta toma de I know There’s An Answer, me cambió la cara, y se me puso una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué buena! Y encima, van, y al final de la canción hacen un guiño a lo que debería haber sido la letra original…

<<…hang on your ego…

Gran, gran, interpretación.

10.   Luis Prado (Sr. Mostaza) - Here today

 
Puedes escuchar Here Today en este link:

Personalísima. Como si fuese el ensayo de un musical de Broadway. Muy original y efectista. Eso es lo que me gusta de los covers, cuando nos brindan una perspectiva diferente y positiva.

1        11. Mucho - I Just Wasn't Made For This Times


Puedes escuchar I Wasn’t Made For This Times en este link:

En este caso, en cambio, me da la impresión de que este grupo se ha despachado rápidamente el encargo de hacer la canción, pues, la verdad, no aporta mucho. Toman unos samplers de la propia voz de Brian Wilson, y la rodean de una instrumentación empalagosa. No creo que la ponga mucho en mi coche (y mira que la canción original me encanta).

   12. Los Jaguares de la Bahía - Pet Sounds
  
 
Puedes escucha Pet Sounds en este link:

La canción Pet Sounds tenía previsto llamarse al principio Run, James, Run (por eso la original tiene un aire a 007). La versión de Los Jaguares de la Bahía tiene mayores referencias en la niña del exorcista. No obstante, sé que cuando esté de pie, frente a un mar brumoso, cuando se pone el sol, mirando dónde pillar la última ola del día, esta sonorización va a tener su cabida en mi memoria musical.

13.   Depedro y Calexico - Caroline no
Puedes escuchar Caroline No en este link:

Ésta sí que me ha gustado. Una línea de bajo pulsada como el corazón, y una trompeta a lo Burt Bacharach, que me han hecho volver a escuchar la canción otra vez, apenas finalizó. Merece la pena.

A esta recopilación, junto con otra versiones que no he incluido en este post (sólo he seleccionado 13, en el orden de los cortes del disco), Radio 3 las ha denominado Het Sounds. No sé si se dispondrán a hacerlo, pero estaría bien que fuesen editadas en CD y vinilo. Me lo compraría de cabeza.

 

Dos apuntes más. Para quién quiera profundizar en lo que supone este disco, puedo proponerle lo siguiente.

En primer lugar, un libro, el mejor que he leído al respecto. Se titula Wouldn It Be Nice, de Charles L. Granata.

 

De este escritor ya me enganché a otro título, sobre el proceder técnico en los estudio de grabación, durante las sesiones de Frank Sinatra, desde sus comienzos en Columbia, hasta las últimas grabaciones en Reprise. Pues bien, este otro es aún mejor. Charles, nos cuenta con exactitud y elegancia todo el proceso creativo de Brian Wilson para dar lugar al Pet Sonuds, acompañado por Tony Asher en la elaboración de las letras de las canciones, y por la Wrecking Crew en la instrumentación de las canciones. Fabuloso. Se aprende muchísimo.

 

Y el pasado verano se estrenó Love & Mercy, una entretenida película, con Paul Dano en el papel de Brian Wilson durante los días del Pet Sounds, y con Jonh Cusac en el mismo papel, cuando la resurrección física y mental de Brian, décadas más tarde.

 

Pensaba finalizar aquí, pero ya lo decía mi venerado Oscar Wilde: la mejor manera de vencer a una tentación es ceder a ella. Consideraba que con los links anteriores había más que suficiente, pero resulta que hace unas semanas encontré un cover de Wouldn’t It Be Nice, no bueno, buenísimo.

Lo ha realizado y colgado en Bandcamp, alguien que se hace llamar Anakin, quien ha dado a la canción una visión shoegaze. Si te preguntas que qué demonios es eso del shoegaze, te diré que es un estilo musical que tuvo su pequeño auge a principios de los noventa, con grupos como My Bloody Valentine, o Slowdive. Es una música saturada de furiosas guitarras y mucho ruido, bajo el cual subyace una bonita melodía, normalmente cantada por una dulce voz femenina. La denominación de Shoegaze fue así porque, en los conciertos, veían a los guitarristas de estos grupos mirarse constantemente los zapatos (pero nooooo, lo que miraban eran la decena de pedales de efectos que tenían repartidos por el suelo, para los ruidos y distorsiones de sus guitarras).  Hoy en día, este estilo de música solo tiene su nicho en Japón, donde anualmente se celebra un festival de Shoegazing , creo recordar que en el estadio de Yokohama, y al que me he propuesto asistir en alguna de mis próximas visitas al país nipón.

El caso es, que cedo a la tentación y, para vuestra sorpresa o deleite, aquí os dejo el link de Anakin:

 
Puedes escuchar Wouldn't It Be Nice en este link:

<<Un solo recuerdo por viajero, por favor. Graciassss….>>.

Me llevo el Pet Sounds al cielo, porque con él, y a sabiendas de hacer trampas, con cada canción memorizada de este disco me llevo implícitos los recuerdos de mi vida terrena: la familia, las chicas, los amigos, el perro,… Es una pillería, sí. Pero si el arcángel de pacotilla no me pilla, que me quiten lo bailao, como se suele decir, ¿verdad?