sábado, 4 de junio de 2016

UNA ACTIVIDAD SOCIAL: THE PARTY

¿Alguna vez has contado un chiste, y nadie, nadie digo, se ha reído? A mí me ha ocurrido. Contar un chiste es algo muy, muy serio. Y hay que tener talento para ello.

Pues igual ocurre con una fiesta. Organizar una fiesta, una buena fiesta, requiere calma y sosiego.

Pero también arte y buen gusto, qué caramba.

 

La reunión que veis en este fantástico dibujo, es un ideal. En esta iconografía se resumen la música, la gente, situaciones, y, por supuesto, algunas de  las películas que describen las fiestas, que muchos de nosotros depositamos en nuestro imaginario. El autor de esta obra se llama Shag, pseudónimo artístico de Josh Agle. Un artista afincado en Palm Spring, California, del cual yo me considero acérrimo apóstol, y proselitista de su obra.

En mi casa cuelgan varias de sus pinturas, cada una de las cuales posee un color dominante: ésta en azules, otra con gama de rojos, ésa en verdes, y en aquélla los violetas. Cada una, cada pintura, es la promesa de los buenos momentos habidos, o que están por llegar.

Todos los años, sistemáticamente, organizo un par de fiestas en mi casa en pos de ese anhelo. Una, la fiesta Reyes, el siete de enero; y la otra por verano, cuando mi cumpleaños. Entre los invitados procuro siempre haya músicos que nos amenicen la velada. El grupo de amigos no debe ser escaso, pero tampoco excesivo; en perfecto balance. La bebida, variada y sin fin. Y en cada reunión la banda sonora ha de estar previa y cuidadosamente preparada. Serena al principio, en forma de coctel jazz (al estilo de Art Blakey o de Kenny Drew), también algo de electro bossanova (como Zuco 103 o Bebel Gilberto)…

Hasta que llega esa amiga de labios rojos que acaba de romper con el novio, y en vez de por una copa de vino, te pregunta que dónde está el vodka… Pues vale, ahí empieza la fiesta.


Las reuniones de Shag se sitúan en esas casas de los 50’ y 60’ que tantas veces hemos visto en el cine. ¿Recuerdas Con la Muerte en los Talones (North By Northwest), de Hitchcock? La escena final, en la casa en la que Eva Marie Sants trata de hacerse pasar por una de los malos: paredes pétreas, cristaleras enormes, sofás, chimeneas.

Simon & Garfunkel , en su álbum final, Bridge Over Troubled Water, cantan al arquitecto Frank Lloyd Wright, aquel que diseñó y construyó la casa de la cascada en el bosque, por cuyo interior trascurre un arroyo.

Y qué hay de aquella mansión, en la desternillante película de Blake Edwards: The Party (aquí en España conocida como El Guateque), con Peter Sellers interpretando a un patoso actor hindú que, por error, ¡trágico error! es invitado a una fiesta de la alta sociedad hollywoodiense.


Por cierto, de esta película, la banda sonora es para soltar todo y salir corriendo a comprarla. Toda ella esta compuesta por Henry Mancini, y cabe disfrutarla con las diferentes versiones del tema principal, The Party. O con esa preciosa canción, que, con una guitarra española en sus brazos, la actriz Claudine Longet, tímidamente, canta a los invitados (mientras Peter Sellers se retuerce como un niño, intentando aguantar sus terribles ganas de orinar). Estoy hablando de Nothing To Lose. Tanto la canción como la interpretación son una maravilla. Pero cuidado, en algunas ediciones de esta banda sonora no aparece el tema cantado por Claudine, sino otros dos cortes de a lo largo de la película.

Me voy a permitir el capricho de “linkear” la revisión que Wild Honey hizo de este tema; merece la pena que lo escuches (no son Mancini y Claudine, pero Guillermo y Anita lo interpretan fenomenal):


Puedes escuchar Nothing To Lose, por Wild Honey, en este Link:

Las pantallas del cine, o ahora las de la televisión, nos recuerdan que somos animales sociales que por doquier requieren juntarse y hacer fiestas. Que va en nuestros genes, vamos.

Si no, qué me decís del espectacular comienzo de la quinta temporada de Mad Men, cuando la novia de Don Draper, va, y por el cumpleaños de Don le prepara una fiesta sorpresa en su ático neoyorkino, (allí están todos los capullos de la oficina). Entonces, ella, haciéndose acompañar por una banda contratada para la fiesta, interpreta…


Si no has visto la serie, o acaso no recuerdas la escena de la que te hablo, te invito a ver el Zou Bisou Bisou pinchando aquí:


On l'en-tend part-out!

La escena final es hilarante: <<¿Y por qué tú no cantas como ella?>> <<¿Y tú por qué no eres tan guapo?>>.

Por cierto. La canción en cuestión, es original de una francesita ye-ye de los 60’, llamada Gillian Hills


Discurren las horas, las bebidas se apuran; y a la música ligera, se la comienza a no prestar atención. Una copa se vino se ha derramado sobre la tabla de surf, una 7’2’’ que se me había ocurrido habilitar como mesa supletoria para botellas. Los invitados más formales te agradecen la velada, y mentan eso de que ya son horas de volver a casa. Un beso, un apretón de manos, y hasta otra.

Nos quedamos, claro, los de siempre, los bandarras. Y la fiesta, como ocurre en todas ellas, va degenerando poco a poco. Cambia el tipo de música y se sube el volumen de las canciones. ¿Vecinos? ¿Qué vecinos? A la porra los vecinos. La compostura y buenas maneras han quedado suspendidas en algún lugar, entre el último vaso de whisky y el olvido.


Un clásico en nuestras reuniones es cuando mi amigo Peter entona su particular vocalización del One de U2. La resaca, al día siguiente, está asegurada. Lo peor de todo, es que siempre aparecen pruebas delatoras, para vergüenza y oprobio de los presentes, en forma de fotografías, videos, o incluso grabaciones sonoras. Pero lo dicho: el ser humano es un animal social, y requiere juntarse y divertirse. Porque con ello, qué demonios, somos un poco más felices.


Pequeños grandes placeres. A lo largo del día, allá donde quiera que me encuentre, voy siendo consciente de determinados actos que son semilla de una grata sensación. Son "pequeños grandes placeres" que, en su conjunto, pueden llegar a consti­tuir un "verdadero gran placer".

 ¿Soy acaso un hedonista? Eso dependerá del concepto que cada cual tengamos del placer. No me considero un discípulo de Aristipo de Cirenes, quien veía en el placer el bien supremo y objetivo de toda moral; pero sí lo valoro como un apoyo más en la escalada hacia la felicidad. A diferencia de la opinión general, yo no relego el vocablo "placer" a ideas tales como: sexo, vegetar o libertinaje, pues el "arte del goce" puede hallarse, incluso con mayor intensidad, en cosas aparentemente insípidas y cotidia­nas: tomarme una segunda taza de café, aquí otra vez, mientras observo el mar a través del ventanal (deci­didamente: soy cafeinómano); o la grata lectura de un libro al tiempo que escucho el correr de las notas de un piano. ¡Tantas cosas a las que sacar jugo! La clave consiste en ser conscien­te de esos instantes para, en el momento o con posterioridad, recrearse con ellos. Recuerdo que de pequeño, disfrutaba más ante la expectativa de entrar al cine que con la película instantes después; también estar postrado ante un regalo empaquetado y guardarme, durante escasos pero interminables segundos, de destrozar el envoltorio y desvelar su contenido.

No me cabe ninguna duda de que el verdadero secreto en el "arte de gozar" no es otro... que el deseo. Y es que no impor­ta el motivo del placer en si, sino la impaciencia que genera.

De niño también, tras dejar la bicicleta y, muerto de sed, ir a por un vaso de agua, no lo bebía de inmediato, sino que me quedaba con él en la mano: contemplándolo, mientras las acuciantes ganas de saciar mi sequedad iban aumentando hasta hacerse irresistibles. Entonces, lentamente iba aproximando el vaso a mis labios, permitiendo sólo que éstos se mojaran. Y, finalmente, bebía. Aseguro que nunca me supo mejor un simple vaso de agua.

E igual ocurre con un beso.

El placer del beso no está en darlo, tanto como en desear­lo.

  
Es obligado que me acuda a la memoria lo acontecido hace varios años, cuando todavía estábamos todos juntos, allí en Madrid, en el internado. Además, cómo iba a olvidarlo, siendo en aquella ocasión cuando conocí a la primera chica de la que tal vez pude realmente enamorarme.

Era viernes, y René se nos acercó acabada la última clase, armado con su siempre-eterna sonrisa.

 -. Amigos... -- nos dice, tomándonos a Míkel y a mí por los hombros --, ya tenemos fiesta para esta tarde.

 -. ¡Estupendo! --- exclama Art --. Nada como una buena juerga después de la semana de exámenes que llevamos. Pero, ¿quién es el idiota que ofrece su casa esta vez? por­que...

Porque la anterior reunión acabó como el rosario de la Aurora. Juntáronse allí más de medio centenar de personas, entre invitados y auto-convidados; y claro, la fiesta acabó como es habitual que finalicen todas ellas: a guantazo limpio. En consecuencia: muebles dañados, alfombras echadas a perder por la bebida derramada... en fin, toda una serie de calamidades con las que hubo de cargar aquel pardillo que montó la gran juerga en su propia casa. <<La última vez>>, se lamentaba después, sin molestarse lo más mínimo en contener las lágrimas, <<¡Mis padres me matan!>>. Por cierto, que yo también salí escaldado, pues, aunque permanecí como mero espectador de la trifulca, acabé recibiendo un botella­zo junto a mi ceja izquierda, lo que me produjo una pequeña pero san­grante brecha (que incrementaría las manchas de la alfombra). Ahí finalizó esa fiesta para mí.

 -. El primo de Gerardo ha tomado las llaves del despacho de su padre. Está de vacaciones. Pero ya nos han advertido: sólo conocidos suyos y nada de escándalos -- responde René, hacien­do un significativo gesto a Míkel. -- Y eso último va por ti, bala perdida.

Resultó que lo que en un principio se nos prometía como "la fiesta de todos los tiempos", no llegaba a más que a una tertulia victoriana: discreto el volumen de la música, relaja­do el tono de las conversaciones, poca concurrencia y muchas caras desconocidas, que, para colmo, se guarda­ban en reducidos y aislados corros. Cierto que la casa, situada en una señorial calle madrileña, no desentonaba con las estiradas poses de que hacían gala unos y otros. A pesar de habilitarse como despa­cho, resultaba una vivienda espaciosa y minuciosamente decora­da, hablando por si sola del clasicismo y buen gusto del tío de Gerardo. Quiero decir que para haberme fijado en tales detalles, debía, sin duda, estar empezando a aburrirme. Art, intencionadamente, bosteza; Míkel, desespera; René agarra una botella y comienza a llenar cuatro vasos largos.

Desisto seguir describiendo una situación tan carente de interés, tal y como lo era aquella reunión en esos precisos instantes, en los cuales abundaban los diálogos triviales, algunos cumplidos y sonrisas un tanto forzadas, hasta que... (primera copa): se elevan tanto el volumen de la música como el de las voces; los grupos se diseminan y se comienza a hablar de cualquier cosa con cualquier desconocido. (Segunda copa): primeras risas espontáneas. Significativo es, como a medida que se apuran las primeras bebidas, la digna compostura inicial se abandona en el perchero, junto al abrigo, y se destapa la naturalidad; he incluso, tras la segunda copa, el destape de la naturalidad da paso a un nudismo íntegro de nuestra persona­lidad. Se nos podría tachar de crápulas, pero ¡qué diablos! habíamos acabado los exámenes y lo único que nos apetecía aquella tarde era pasarlo bien. No debe sorprender pues, que aquellos quienes momentos antes, con afectación, discutían sobre "la flotación y estabilidad de la Libra Esterlina en el enclave europeo", sean los mismos que ahora comparten postura ante la "estabilidad y dinámica" del generoso y desvelador escote con que nos obsequiaba una tal Isabel.

En lo que a nosotros se refiere, también cedemos a la transfiguración, por lo que René hace rato que se esfumó con la peripuesta Isabel; Míkel y Arturo, sentados en el suelo con otras dos, ríen. Yo padezco de peor fortuna, pues se me cuelga un pelmazo que no cesa de aburrirme con su absurdo monólogo: <<..."oséase", que si tenemos en cuenta las horas-día y tam­bién los días-año que, por añadido, son las horas-año de luz solar en nuestro país... ¿qué iba diciendo?... ¡ah, sí! no cabría duda, y eso te lo digo yo, no cabría duda de la renta­bilidad asegurada a corto o tal vez medio plazo, invirtiendo en una serie de macroinstalaciones...>>. Una parrafada pastosa a la que yo respondía un mecánico <<sí, claro>>, a la vez que giraba la cabeza en busca de algún amigo o conocido que me asistiera y liberara. Pero nada. Y este tío erre que erre: <<...llegado el momento de no depender del petróleo y, por tanto, desligarnos de terceros países, "oséase"...>>.

Aburrido, apuro mi copa.


Ya fuera por la acuciante necesidad de desembarazarme de mi contertulio, o también (he de reconocerlo), por la desinhibi­ción que el whisky me generara, ocurrió lo que ocurrió.

 -. ...inherentes a la dificultad de almacenaje de los desechos radiacti­vos, por lo que es urgente y necesario ha­llar...

 -. Me vas a disculpar -- interrumpo -- pero es que justo en estos momentos acaba de llegar mi novia. "Encantado" de haber charlado contigo. -- Y tras lo dicho, le atizo una amistosa palmada en la espalda que le hace derramar la bebida sobre si.

 <<"Oséase", que ahí te quedas>> pensé irónicamente, mientras me alejaba de él , y me dirigía con paso decidido hacia la mesa de las bebidas; junto a ésta permanecía de pie una guapísima morena, a quien desde hacía tiempo contemplaba. Y una vez a su lado, la tomé por los hombros y, sin mediar palabra alguna, la besé.

Tras el beso, que no fue ni largo ni corto, ambos nos quedamos mirando; ella con los ojos abiertos como platos; yo en firme, esperando no sé si un grito, una bofetada, o tal vez que un gigantón surgiera a mi espalda y me aplastara el cráneo entonando un ¡qué haces con mi novia!. Pero nada de eso ocu­rrió. Sólo un terrible silencio. Tuve la sensación de que hasta la música y las conversaciones se interrumpieron.

 -. Esto... lo siento, -- dije finalmente, en la cúspide de la tensión -- me estaba aburriendo.

 Y ella, rompió a reír.

Quiero hacer hincapié en que este beso no supuso placer alguno, dado que el deseo no medio en ningún momento, sino que se originó como consecuencia de una situación disparatada y de la más absoluta espontaneidad. De haberlo pensado un instante, seguro que jamás me hubiera atrevido a tal cosa.

De todas formas, este beso, fue una batalla ganada, pues, para empezar, cambié el monólogo de mi anterior compañía por el diálogo con una nueva, que además, es indudable, resultó infinitamente más agradable y atractiva. Me dijo su nombre. Me contó que venía de Venezuela y que nunca hubiera imaginado "tan calurosa bienvenida" por parte de los españoles. Me habló de su país: de los llanos inundados, de selvas impenetrables, de sus hermosos pueblos y caóticas ciudades. Me relató las peripecias sufridas en su viaje a España, para visitar a la familia de su padre; y de los contratiempos que sufrieron cuando, nada más despegar, hubo de aterrizar el avión debido a "unos pequeños problemas mecánicos", (se incendió un motor). Yo también comente sobre... qué sé yo, pero sin duda que no tan interesante. Si bien por aquel entonces no era consciente de ello, en aquellos momentos se estaba dando uno de esos "pequeños grandes placeres" ya mencionados: el placer de una conversación.

 

El tiempo fluyó ligero, pues sólo nos abate con su carga en  los malos momentos; así pues, sin darnos cuenta, la reunión se había ido disolviendo y apenas quedaríamos una decena de personas. Rato hacía que me despedí con un lejano y distraído alzamiento de manos tanto de Art como de Míkel, (René desapa­reció sin más); y las estridentes canciones de Los Nikis habían dado paso a la más absoluta insonoridad, en clara alusión a que, los que aún quedábamos, tuviéramos a bien en marcharnos. Fuimos a por los abrigos. Anduvimos en silencio a través de un estrecho y largo pasillo, donde cada paso resona­ba en el entarimado. Entonces, ella, con premeditada coquete­ría, se apoyó en la pared y me dijo: <<Y ahora, ¿serías capaz de pedir prestado aquello que robaste?>>.

De insospechadas maneras nos comportamos en los momentos culmes; de lo contrario, todos viviríamos esclavos de los patrones establecidos. Y lo que en estos momentos hubiera sido menester: besarla de nuevo, "devolviendo lo usurpado", habría sido también ceñirse a la trivialidad y, en consecuencia, la escena no podría ser recordada de forma especial. Quisiera pensar que me vi impulsado por un halo de inspiración, más que por una remanente desinhi­bición etílica. El caso es que tras levantar durante algunos segundos la cabeza hacia (el cielo) el techo... comencé a recitar el mayor cúmulo de tonterías que jamás han salido de mis labios. De ningún modo pretendí la poesía, pues no la entiendo, no me gusta; mas aquella noche ella me quiso a mí. Pretender narrar ahora lo que ahí dijera, sería toda una muestra de mal gusto por mi parte; así que sólo decir que finalicé diciendo algo sobre el deseo pintado de carmesí, del rojo preámbulo de un beso, y de mí, avocado a arder en unos labios... en el fuego de su carmín... y que en ese justo momento, posé muy suavemente las yemas de mis dedos sobre su boca.

 <<He aquí el placer>>, me dije entonces y repito ahora.

 Y es que, qué grata sensación la de aquel instante, compar­tida por ambos, donde el beso, estoy seguro, no daba a lugar. De haber cedido a posar mis labios en vez de mis dedos, todo lo anterior pudiera entonces no ser otra cosa que un simple cortejo; y no habría logrado ser consciente de cuan importante es desear. Sería como abrir el regalo nada más recibirlo; beber y saciar mi sed apenas llenado el vaso. Besarla.

 -. Mmh... Socio honorífico del club de los cirenaicos -- susurro, despertando de los recuerdos.

 Desciendo los tres escalones que me dejan en el bajo "Yang" del salón y abandono la taza de café sobre la mesa de mármol verde y blanco que conforma el ajedrez. <<Jaque a la dama>>; nos vimos en posteriores días, pero la escena no se repitió (nunca segundas partes fueron buenas). Después, ella, volvió a Venezuela. Yo retorné a mis amigos.