miércoles, 4 de mayo de 2016



UNA PELÍCULA: Lost In Traslation (2003), de Sofía Coppola

 

¿Has viajado lejos de casa? A una cultura que te resulta extraña, muy diferente de la tuya. ¿Qué capturaron tus ojos? ¿Recuerdas las sensaciones? ¿Sientes nostalgia? ¿Te sonríes?

Me prestaron esta peli hace algunos años. No sabía nada de ella; sólo era conocedor de la cara de pánfilo que se le quedó a Bill Murray cuando finalmente no le concedieron el Óscar al mejor actor; un año antes, creo que fue. Salió en las noticias, compungido en su butaca, y con rostro de lastimera resignación. Lost In Traslation, era el título de la película… No sabía más, la verdad.

Otra entre muchas, auguré. Así que ese día, aquella noche, me lleve una pequeña tele con vídeo a la cocina, mientras preparaba la cena. Abrí una botella de vino. Me concedí un aperitivo en lo que se freía la cebolla. Y mientras, inserté el DVD para ir viendo de qué trataba ese Lost In Traslation que me habían dejado.

En la portada se leía: “Escrita y Dirigida por Sofía Coppola”. << Mmmmh… Sofía “Cópola”…>>, bufé, <<la niñita de papa, a la que el señor Francis Ford Coppola  acomodó en El Padrino III>>. Mira que ese papel era inicialmente para Winona  Ryder. La crítica, por entonces, fue mordaz con la niña y con el papá, a propósito de aquella tercera parte de la saga. <<Y ahora…>>, continué mi diatriba, << papá, va, y convence a un productor para que ponga la pasta, y que así su niñita se haga un nombre tras la cámara… Cooomo papiiii-i. Manda narices>>.

La cebolla ya estaba dorada; tocaba echar la carne picada. Y el vino estaba buenísimo, qué demonios. Diez minutos, me propuse, y cambio a una de James Bond…

Aquella noche me vi Lost In Traslation entera. Y al día siguiente me la volví a ver. Me tragué varias veces el vídeo de la canción de Kevin Shields, y hasta el documental del makin’ of… que venía con los extras (algo que no acostumbro, dicha sea la verdad). Por supuesto no tardé en comprármela.

Y es que unas semanas antes había regresado de mi primera estancia en Japón, mira tú por dónde.

 
 
Cuando llegué, solo, al aeropuerto de Narita por primera vez, me hallaba literalmente “lost in traslation”. Se hablaba un lenguaje que desconocía por completo, pero, además, todos los símbolos de los carteles representaban símbolos que eran un verdadero galimatías. Menos mal que la empresa a la que iba, organización muy nipona, ya había previsto mi estupor y habían encargado a una azafata del aeropuerto tomarme como a un pajarito, y depositarme con el billete sacado, en el tren que conectaba con el norte de Tokio.  Una vez en la ciudad, se me presentó alguien que, por la tarjeta que me ofreció con las dos manos, averigüé se llamaba Hiroshi san, y que tenía instrucciones para encaminarme por la calle hasta otra estación cercana, en la que debía de tomar otro tren, un Shinkansen (o sea, el AVE),  para así iniciar otro tramo más en mi viaje por un país extraño: un par de horas más, hasta alguna localidad del montañoso centro del Japón, cerca de Nagano.  Finalmente, algo agotado pero alerta, llegué a la estación de Ueda cargado con mi equipaje. Hube de coger un taxi para que me acercara hasta un pueblo cuyo nombre era incapaz de recordar ni pronunciar en ese momento, por lo que ofrecí al taxista un papel con instrucciones, en un lenguaje totalmente ignoto para mí, que el buen Hiroshi san había escrito en Tokio. El taxista me sonrió y me dedicó un par de genuflexiones rápidas (yo devolví  el gesto,  inclinando levemente mi cabeza), para, a continuación, con sus guantes blancos, tomar mi maleta, la mochila, y echarlo todo al maletero. Dentro del vehículo, los reposacabezas delanteros estaban cubiertos por unos pañitos de ganchillo satenado. Blancos, inmaculados, como la gorra y los guantes del conductor, que circulaba por el londinense lado izquierdo de la carretera. Cuando se detuvo, eran algo así como las dos de la tarde, todo estaba cubierto por la nieve, y el hotel que tenía ante mí se mostraba como un edificio echado a menos, que disfrutó días de mejor gloria, tal vez, allá, por los años setenta. Se alzaba junto a un parque, con los restos de una fortificación; y el pueblo, reposaba a los pies de un volcán extinto... (esperaba que fuera así, por mi bien…).

Llevaba más de veinticuatro horas de viaje, y, aún con todo mi cansancio, no fui capaz de echarme en la cama y dormir un poco. Durante los trayectos en coche, trenes y aviones, jamás he sido capaz de dormir unos minutos siquiera. Padezco de insomnio viajero desde que era niño, cuando, junto a mis hermanos, me apretujaba en el centro de la parte trasera de un Seat Seiscientos, en los nocturnos viajes de los fines de semana. Por mucho sueño que tuviera, me pasaba el trayecto en vela, mirando la oscura carretera, y escuchando el casete de Paul Mauriat que mi padre solía poner mientras conducía. La empleada  del hotel sabía un poquito de inglés, y nos entendimos a la perfección cuando me solicitó el pasaporte y me dio la llave de la habitación. En el ascensor, había carteles en los que colegí que los tatuados no eran bien venidos (con el tiempo entendí  la relación del tatuaje con la yakuza ), y otro aviso al estilo de que si bebes, no conduzcas. ¿Dónde demonios estoy?

 Había llegado a Komoro.

 

Ya en la habitación, decía, fui incapaz de conciliar el sueño. Serían las tres o cuatro de la tarde; era pleno invierno y anochecería pronto. Así que me senté en la cama y encendí la televisión.  Disponía de cinco canales en los que nada de lo que vi aparentaba tener traza ni sesgo occidental. Anuncios de antigripales, una serie cutre, de una familia japonesa, muy emocional, sentados todos a la mesa, hablando muy rápido en un lenguaje ignoto para mi,  y en la que parecían confesar sus pecados con continuadas inclinaciones de cabeza y chorretones de lágrimas; en definitiva, se sometían al perdón del cabeza de familia… Se me cerraban los ojos, cambié otra vez de canal. Una especie de teletienda ligérsica, en otro noticias muy locales (Europa no existe), anuncios de comida, más fármacos antigripales,… Los ojos se me vencieron por fin, y cedí al sueño hasta la mañana siguiente.

Pues resulta que cuando mi copa de vino ya menguaba, aquí en Madrid, y la cena estaba preparada, estupefacto, observaba como  Bill Murray padecía de la desubicación, del insomnio… de esas sensaciones tan parecidas a las que viví yo: el actor de la peli, somnoliento y apático, llega a Japón. Así que dejé de lado el DVD de Goldfinger que ya tenía preparado, y continué viendo Lost In Traslation mientras cenaba. Scarlett Johansson estaba deliciosa, como el vino. Jamás Woody Allen ha conseguido plasmarla tan encantadora.

Los días siguientes transcurrieron sumidos en el trabajo. Tomaba un taxi temprano por la mañana, para que me condujese hasta la empresa, en la falda del volcán. La nieve cubría de manto frío la carretera, entre los árboles. Sólo al final de la tarde disponía de tiempo  para pasear por los alrededores del hotel, en aquel pequeño pueblo de montaña, donde no queda mucho más qué hacer. Había, eso sí, un parque con las ruinas del castillo de algún señor feudal de la época de los samuráis. Cenaba a diario con una pareja italiana. No hablan ni papa de ingles (menos aún japonés). Pero mal que bien nos entendemos. Él era muy cohibido y reservado; ella, mona, bajita y regordeta. Habla sin parar. Un loro. Se nos unieron dos españoles: una chica de Bilbao y otro de Cantabria, que trabajan en la delegación que tiene la empresa para el sur de Europa.

Desde entonces y con el tiempo, mi parecer, en lo que a Sofía Coppola se refiere, ha tornado, si no a devoción, sí a interés y respeto. Las Vírgenes Suicidas: bella y estremecedora, con banda sonora de Air, más una elegida colección de canciones de los 70’. María Antonieta: reflejo del Versalles pre revolucionario, aderezado con zapatillas Converse y música de New Order. Ah! Por cierto, seamos justos. Lost in Traslation está producida por la propia familia Coppola.

Un fin de semana lo pasamos en Tokio, ejerciendo de turistas. La pareja italiana y la chica de Bilbao habían de partir de regreso a Europa cuando llegara el domingo, así que hicimos lo que suelen hacer los guiris, comer y cenar en los Hard Rock, y pasearte por la ciudad en los autobuses turísticos que te llevan por la ciudad: de la Torre de Tokio al Templo Senso –Ji, de los jardines del Palacio Imperial, al barrio de Ginza… Esto no era lo mío, de verdad. Yo quería conocer la otra ciudad. Asistir a combates de kendo en el pabellón de un colegio que me habían apuntado en el dorso de cuaderno, recorrerme las librerías de libros viejos que hay en los sótanos de la estación de Ueno, o por el barrio de Jimbocho… Pero los modales aprendidos, me dictaron hacer cortes compañía a unos italianos que eran capaces ellos solos de perderse dentro de su propio hotel, y cuyo máximo anhelo, era recorrer las decenas de tiendas de electrónica (y también de estrambóticos artículos sexuales, todo hay que decirlo) del barrio de Akihabara.

Llegó el domingo por la tarde, y me despedí  de mis acompañantes cuando tomaron el tren que les llevaría al aeropuerto de Narita. Ya anochecía, y yo debía de tomar el Shinkansen de regreso a… Mierda!

Primer error: en aquel mi primer viaje a Japón, novato yo, no disponía de una tarjeta de crédito, sino que sacaba el dinero que necesitaba en un banco del pueblo donde me alojaba.

Segundo error. Si te vas de fin de semana por Tokio, no te lo gastes todo, capullo. Guárdate dinero suficiente para la vuelta.

¿Pero qué podía hacer? Ya no podía alcanzar a mis compañeros camino del aeropuerto para pedirles dinero. ¿Llamaría a los contactos  de la empresa para que vinieran a buscarme a Tokio? ¡Ni hablar! ¿Pero qué solución tendría entonces?

Me acerqué a las escalinatas que suben al parque de Ueno, descargue la mochila de mi espalda, y empecé por contabilizar toda la calderilla que guardaba por los bolsillos y en la chaqueta; restos del cambio en tiendas y restaurantes. Cada moneda de 100 yenes que contaba era un tesoro. Y en un libro que llevaba, marcando la página, nada menos que un billete de 2000 yenes. El caso es que hurgando pude reunir lo suficiente, unos tres mil y pico para el Shinkansen. Pero ni de coña para completar el viaje que había hecho días atrás.

A mi lado, un anciano dibujaba símbolos kanjis con un pincel y una tinta negra y espesa, sobre un cuaderno que me recordaba al pergamino. Con algunos gestos, y con un mal pronunciado “…dozo” pedí permiso al anciano para disparar una foto.

 
Pero hube enseguida de recuperar la atención, para entonces adquirir la firme decisión de tomar el tren… luego ya veríamos. Por lo menos me acercaría a mi destino. Había recordado algo alentador: junto a mi hotel discurrían unas vías férreas por las que de vez en cuando veía pasar algún pequeño tren. Por aquellos días me contaron que fue a causa de que el Shinkansen hiciera parada en la vecina Ueda, y no en Komoro, lo que sumió a esta población en el olvido económico.

Por tanto, pensé, si hay vías, si hay trenes, es probable que desde Ueda salga alguno que me lleve a Komoro por algunos pocos yenes… quizás…

El trayecto en el famoso tren bala, lo empleé en escuchar música, ajeno a lo que las siguientes horas me deparara. Puede que escuchara algo de Burt Bacharach, o acaso una recopilación de rarezas de Keane, titulada Little Broken Words , título que había transferido a mi i-Pod antes de salir de España. Ese disco en concreto comenzaba con la mejor versión que he oído jamás de The Sun Ain’t Gonna Shine (Anymore). La canción, seguro, me insufló de ánimo y optimismo. Me haría falta.

 

Puedo decir, para satisfacción mía, que al final llegue a Komoro. Un poco tarde, sí, pero allí estaba. No fue fácil.

Cuando el Shinkansen llegó a Ueda, y me bajé del tren, no tenía ni idea qué hacer. Me quedaba apenas calderilla en el bolsillo, y aún me faltaba por completar un trayecto. Empecé por mirar y remirar los planos de tren que había en la pared, intentando advertir la palabra Komoro en alguno. Pero para desesperación mía, en ninguno de los mapas había una sola letra latina. En Tokio, es usual que bajo los nombres hiragana de cualquier calle o estación de metro, se visualice la traducción en romanji (o sea, en cristiano, como suele decirse). Pero aquello era el Japón profundo, el de verdad. Y allí no había vestigios de Occidente.

Así  qué no me quedó más remedio que acercarme a una habitación mal iluminada donde encontré al personal de la estación. Y, con dos narices, entoné algo que sonó como <<Sumimasen... ¿Komoro wa doko desu ka?>>. Un  hombre uniformado y de mediana edad, se me acercó. Yo repetí la frase que había construido mediante una guía de viaje que acarreaba conmigo: << Estooo... ¿Komoro wa doko desu ka?>>. Aquel buen hombre (pues no puedo definirlo de otra manera), estiró su mano y dedo en dirección a un pasillo de baldosines blancos, respondiéndome algo que ni por asomo comprendí. Sólo entonces comprendió que yo no tenía ni puñetera idea de japonés. Se rascó la barbilla. Se echó la mano a la nuca, y ahí fue que se dirigió a la habitación de donde había salido, para regresar al poco con un plano de la las líneas de ferrocarril. Con un bolígrafo hizo un círculo en un par de símbolos kanji que sin duda representaban Ueda (pues podía verlos también, en grande, en las paredes de la estación donde me encontraba). Y a continuación realizó otro garabato sobre otros dos extraños grafos. <<¿Komoro?>> pregunté. <<Komoro>>, asintiió con una media sonrisa y dando dos puntadas con el bolígrafo sobre el papel. Lo que vino a continuación fue algo más humillante, pues abrí la mano con la escasa calderilla que me quedaba, y volví a interrogarle con la mirada. Simplemente, el hombre tomó dos monedas de mi mano, puede que doscientos yenes, no sé, y me dio un billete de tren.

El resto del viaje fue apacible, aunque para mis adentros no las tenía todas conmigo. Crucé por aquel pasillo de baldosines blancos, en el cual los fluorescentes parpadeaban. En la pared había pegados carteles con el rostro de lo que deduje era un delincuente; y al pie, lo que sin duda era la recompensa. No es broma. Lástima que mi inquietud por coger el tren no me permitiera sacar la cámara y lanzar una foto al cartel de “Se Busca”.

El tren no tardo en llegar. Era pequeño, pocos vagones de color verde. Circulaba en superficie. Era noche cerrada y estaba nevando. El vagón apenas lo ocupábamos tres o cuatro personas, quienes me miraban con una mezcla de curiosidad y extrañeza. Paramos en una estación que me más pareció propia del lejano oeste: nada más que una tarima de madera, y al fondo, la oscuridad nevada. Y el sempiterno cartel con símbolos kanji, que indicaba una localidad que no sabía cuál. Así, y no de otro modo, pasaron los minutos y las estaciones; no recuerdo cuántos ni cuántas. Pero llegó un momento en que, a lo lejos, reconocí la silueta iluminada de mi hotel, en aquel pueblecito llamado Komoro.

Cuando  descendí las escaleras que, desde la estación elevada, me dejaban en lo que era el equivalente a la plaza del pueblo, sentí una sensación de triunfo comparable a la de un explorador del Amazonas. Exagero, sí, pero aquella sensación de triunfo y bien estar sólo se describe así. Caminé despacio bajo un techado que rodeaba a la plaza. Un entarimado de madera junto a tiendas cerradas, y algún que otro estrecho bar, en el que vislumbre uno o dos parroquianos entrados en edad, sentados en la barra, y con la cabeza gacha sobre un vaso de algún tipo de licor.

Entonces, aún con el impulso de la adrenalina en el cuerpo, extraje las pocas monedas que me quedaban, entre en ese estrecho bar de madera, sin apenas iluminación, y con total seguridad en mi mismo entoné al que estaba al otro lado de la barra: <<Biru o kudasai>>.

Lo más maravilloso de ese momento, fue que en los altavoces de bar, Brian Wilson cantaba una dulce canción de Navidad. No me lo podía creer.

Aquella experiencia me sirvió para no escatimar la oportunidad de moverme a donde quisiera, fuera en esa o durante otras estancias en Japón. Recuerdo haber estado a un centenar de kilómetros de mi hotel en Tokio, cuando faltaban horas para coger el vuelo de regreso a casa. Aprovechaba cualquier ocasión para cogerme trenes, hablar con la gente, dejar que me indicaran, y seguir conociendo lugares a los que jamás te llevaría el autobús turístico aquel, al que me subí con los italianos. Cómo de otra manera pude llegar a la Isla de Enoshima y mojar mis pies en las aguas del Pacífico.

Un detalle más. Siempre, antes de emprender la vuelta a casa, no dejo de pasarme por las escaleras que suben al parque de Ueno. Allí, invariablemente, en invierno o en primavera, me encuentro al anciano que escribe tu nombre o lo que tú quieras en un kanji antiguo y artístico. Él mismo se prepara el papel de arroz sobre el que dibuja, me contó en cierta ocasión. A mis amigos y familiares les llevo de recuerdo sus nombres dibujados con esos preciosos trazos. Me pregunto si él seguirá en las escaleras, la próxima vez que pise Japón.

 

Sofía Coppola supo transmitir de una manera elegante y divertida qué se siente cuando estás en un país extraño y ajeno, perdido en la traducción de sus símbolos y costumbres.

Me gusta su película. Sospecho  que esta noche, me abriré una botella de vino, mientras preparo la cena, y volveré a ver Lost In Traslation.